Puedo
decir que era el crepúsculo, aunque no estoy seguro de si se avecinaba el
amanecer o el anochecer. En realidad, no puedo recordar el instante en que me
quedé dormido, si es que en algún momento lo hice. Recuerdo claramente que veía
aquel sucio gato mientras pensaba qué es lo que podría depararle el futuro. ¿Qué
podría cambiar en la vida de ese feo animal? ¿Qué es lo que hacía todos los días
además de ver al sol salir y ocultarse nuevamente?
Quisiera
saber qué era lo que me causaba tanto interés cuando miraba aquel gato
observando la nada.
Me
incorporé lentamente y fui directo a casa, donde me esperaba pan dulce y leche
caliente. No me sorprendió encontrar a mi hija dando de comer a Rulfo, nuestro
joven y juguetón pastor belga, de su propio plato. Esa niña tiene una increíble
afición por los animales.
Me
contó de lo bien que se habían vendido en el fin de semana las flores que
cortamos el jueves, pero yo lo único en lo que podía pensar era en su futuro. ¿Qué
le podría deparar a la hija de un floricultor viudo? ¿Qué era lo que había
hecho en sus 19 años de vida además de acompañarlo y ayudarle en el negocio de
las flores? Sentí un escalofrío. Esa noche me fui a acostar temprano, tratando
de evitar la recurrente idea que me arrebataba cualquier posibilidad de poder
dormir: ¿Sería aquel gato el reflejo de lo que sería de mi hija si no la dejaba
ir? Una mujer sola, cortando flores mientras veía al sol salir y se ocultarse
por el resto de su vida.
Pero
sabía que de ninguna manera me dejaría solo si se lo pidiera. Su gran corazón y
su enorme compasión no le permitirían ir muy lejos. Así que decidí mandarla
lejos de los viejos pueblos que constituían todo lo que ella conocía del mundo.
La envié a la ciudad, con el pretexto de que un mejor futuro para los dos sólo
nos lo podría dar un acuerdo con una florería más grande. Había llegado a la
conclusión de que una niña preciosa y amable como era ella fácilmente podría
enamorar a un joven citadino, asegurándose así un futuro mejor del que yo
alguna vez le hubiera podido ofrecer.
Así,
Rulfo y yo nos quedamos solos, aunque no puedo decir que por ello sufrimos.
Cortábamos flores, paseábamos y nos sentábamos debajo del árbol donde,
eventualmente, se nos unía el viejo gato. Ni Rulfo ni el gato se hacían caso,
pero era yo quien no le quitaba el ojo al gato. ¿De qué vivía ese gato? ¿Qué
era lo que hacía o posiblemente pensaba mientras miraba a la nada? Rulfo y yo
nos sentábamos a mirar el cielo, o nos distraíamos viendo un colibrí aletear
alrededor de las flores. Pero a ese gato nada parecía inmutar. Me atrevo a
decir que nunca lo había visto posar la mirada en ningún lugar específico.
Los
años pasaron, y con ellos, la poca juventud que nos quedaba. Mi hija se casó,
como lo predije, con un joven emprendedor quien pronto abrió florerías en toda
la ciudad, dándonos trabajo y dinero a todos los floricultores de los pueblos más
cercanos.
Rulfo
ya era un perro bastante viejo cuando murió. No puedo decir que sufrí cuando se
fue. Cualquiera habría notado que la muerte se había tardado mucho en llevárselo...
Quién lo diría, hasta la muerte sentía compasión por un viejo pueblerino y
solitario como yo. Debo admitir que ese gato me salvó de volverme loco. La
serenidad de esos animales es impenetrable. Su elegancia es exquisita. Aun con
el pelaje hecho un asco, su escasa belleza y la edad avanzada que debía tener,
ese gato era muy elegante. Los felinos, si bien jamás me llamó la atención
tener uno, me parecen intrigantes e inteligentes sobremanera. Tal vez por eso
nunca me esmeré en conseguir uno. Probablemente habría sido más inteligente que
yo, hubiera sacado provecho de lo poco que le podía ofrecer y luego me habría
botado en busca de alguien que le pudiera dar una mejor vida. Son inteligentes,
sí. Y ambiciosos, cosa que yo nunca he sido. Empiezo a entender que es por eso
por lo que nunca quise un gato, para no recordarme la mediocridad en la que viví
toda mi vida pues, si bien podía ir a la ciudad y vender las flores al triple
de lo que las vendía en el pueblo, nunca quise salir de la seguridad que me
daba el estar cerca de casa.
Di
un respingo al notar que el gato tenía la mirada, por primera vez en todos esos
años, posada en mí. Probablemente notó que no le quitaba los ojos de encima...
Podía
sentir al gato, las dilatadas rendijas negras que constituían sus ojos,
penetrando en lo mas profundo de mí. Escrutando cualquier atisbo de juicio en
mi mirada... ¿Juicio?... ¿Estaba juzgando al gato? ¿Me había pasado las
anteriores dos horas juzgando a un gato por cómo se sentaba a ver el mundo?
Juzgar es tan peligroso como mentir... mis especulaciones sobre la especie
felina me hicieron perderme en sutilezas e hipótesis sin base alguna, me
obligaron a navegar por un río abastecido por cuantiosas ideas que sólo se
formaban en mi cabeza, mientras yo las unía y las moldeaba en una sola conclusión,
basada solamente en juicios. ¿Cómo saber si lo que pienso de los gatos
es verdad? ¿Cómo saber si realmente, por culpa de mis juicios sobre aquel gato,
mandé a mi hija a desposarse con un completo desconocido, lejos de mi? ¡Qué fue
lo que hice! Dejé mi paranoia volar, y crecer, y convertirse en la iniciativa
de mandar lejos a mi hija para siempre. Lo cierto es que me había venido a
visitar de manera recurrente, pero ya no la tenía allí conmigo. Estúpido gato.
Estúpido
gato, reflejo del futuro de mi hija. Estúpidos juicios que me hicieron
decidir mandarla lejos. ¿O es que era lo mejor que podía hacer? Evitarle un
futuro solitario a costa de mi propia soledad... ¿Qué es lo mejor? ...¿Lo mejor
para quién?
La
soledad empezaba a acrecentar como un cosquilleo al principio. Lenta y
detenidamente, me invadió. Comenzó como una punzada en el estómago, después ascendió un poco más, rodeó y penetró mi
corazón, luego mi cerebro... y luego atacó mi alma.
Me
di cuenta de que el gato no me había dejado de ver ni un segundo, podía sentir
su calor a través de mis sandalias, luego noté que ya no está observándome,
sino que se había hecho un ovillo y se refugiaba entre mis pies, transmitiéndome
el calor que sólo una criatura viva puede transmitir. El calor de la compañía.
La
compañía de cualquier ser, la respiración de cualquier criatura... simplemente
la convicción de que no eres el único ser vivo respirando el aire a tu
alrededor.
Ese
gato, como he dicho, me salvó. Estando a punto de volverme loco, a punto de
rendirme ante la soledad, a punto de perder la cabeza... la compañía de ese
gato me había anclado a la cordura por un tiempo más.
¿Por
qué los gatos no se sienten solos? ¿Es posible que éstos tengan una vida nómada
y completamente solitaria? Me resulta casi imposible aceptar que una criatura
se resista a la bendición de la compañía, así que descarto esta última hipótesis.
Probablemente estoy torciendo la realidad a fin de que sea lo que quiero, aun
cuando sé que no es real... Pero siento que ese gato ansiaba mi compañía.
Me quedé absorto en mis pensamientos un rato más, hasta que me di cuenta de que
me había vuelto a quedar dormido, como aquella vez hace tantos años, en que no
podía distinguir el amanecer del anochecer.
Al
despertar, me froté los ojos un par de veces antes de poder atisbar al gato.
Era de noche y no podía verlo con facilidad, ya que su pelaje café, casi negro,
se camuflaba con el tronco del árbol. Tomé a mi única compañía en brazos y la
llevé a casa. Le permití dormir conmigo esa noche. Nunca había dormido tan bien
desde que Rulfo murió.
A la
mañana siguiente miré mi mano, la cicatriz que me hizo Rulfo cuando lo vi por
primera vez seguía allí después de tantos años. La herida fue tan profunda que
nunca terminó de desaparecer. A veces la miro y volteo hacia el cielo,
esperando que mi mujer y Rulfo estén en algún lado, felices, deseando de verdad
que aquello de que los animales y su espíritu desaparecen al morir sea
mentira. Y, en caso de que eso fuera
cierto, me he hecho de una filosofía sobre nuestra existencia sobre la tierra:
Un ser no muere hasta que no haya desaparecido el último rastro de su
existencia. Así, mi Rulfo no puede haberse hundido en la nada todavía, pues la
marca de su mordida en el dorso de mi mano demuestra su existencia. En caso de
que eso no fuera suficiente, la presencia de mi viejo pastor belga quedó
impregnada de manera más profunda, aunque mucho menos visible, en el fondo de
mi corazón a modo que, mientras yo y mi preciosa hija sigamos vivos, la
existencia de Rulfo no desaparecerá.
Sin
embargo, la existencia de Violeta, mi mujer, nunca desaparecerá de esta tierra,
eso lo tengo por seguro. En caso de que mi filosofía acerca de la existencia de
la vida fuera cierta, el rastro de Violeta siempre estará plasmado en el mundo.
Primero,
porque la llevo todos los días en mi corazón y en mis pensamientos. Segundo,
por mi hija, quien es la viva imagen de mi mujer, sólo que más joven y con unos
ojos de un verde más claro. Así pues, mientras mi hija exista, mientras mis
nietos y los suyos existan, la existencia de Violeta será legítima en ésta
Tierra, aun cuando nunca tuve la oportunidad de darle una muerte como la merecía
con un entierro como tal. Su tumba se selló estando vacía. Su cuerpo era
imposible de encontrar en ese barranco tan profundo en el que cayó. Amo a esa
mujer, no la amaba. La amo. Aprendí que no es amar siempre, sino amar
para siempre.
En
fin, hablo de mi pasado no porque en él haya algo que valga la pena
inmortalizar o recordar. Hablo de mi pasado porque el pasado de uno es tan
importante como su futuro, sin el pasado simplemente no habría futuro.
Después
de ensimismarme un momento en mis pensamientos, me dispuse a levantarme de mi
catre cuando detecté la mirada del gato clavada en la cicatriz de mi mano. Es curioso.
Desde la noche anterior, la mirada de ese gato parece posarse en mi todo el
tiempo. Después de años sin fijar la mirada aparentemente en nada, ahora no
dejaba de mirarme. O a mi cicatriz. Nunca había sentido que importara el tener
una cicatriz. De hecho, siempre he pensado que las cicatrices, como las
cualidades, nos hacen únicos. Pero ahora ese gato no deja de verla y me hacía
sentir como si aquella marca le perteneciera. Estaba sopesando la posibilidad
de que el gato pudiera o no saber el origen de mi cicatriz cuando logré
vislumbrar una tenue línea rosada en una de las patas del gato. Tomé su pata
entre mis manos, pareció no importarle mucho mi repentino movimiento. Analicé
detenidamente la cicatriz que abarcaba el ancho de su pequeña pata. Las rendijas
oscuras clavadas en mí ocupaban casi todo el iris verde aceituna de sus ojos.
Por primera vez noté que ese gato me quería comunicar algo. Siempre lo había
visto como un sucio y flojo gato autista marrón, casi negro que se pasaba sus
horas sentado debajo de ese árbol, inutilizando su existencia. Pero esa mañana,
sus ojos me querían comunicar algo. Con la misma serenidad de siempre, se
levantó del catre y se dirigió a la salida de mi pequeño hogar. No miraba hacia
atrás, otra cosa que tienen los gatos es seguridad. Saben que la gracia de sus
movimientos nunca pasa desapercibida. Lo seguí hasta el campo de flores. A la
luz del sol, su pelaje marrón se veía mucho más claro, y las grandes rendijas
que constituían sus pupilas se notaban contraídas por el reflejo del brillo
solar en las gardenias. Caminamos por horas. Cruzamos los extensos campos de
flores y no nos detuvimos hasta que el gato llegó a un árbol grande. Allí se
trepó y se puso a dormitar abrazado de una rama. ¿Eso era todo? ¿Para eso lo
seguí hasta allí? ¿Desperdicié la energía y el tiempo de un día de trabajo
siguiendo a un sucio gato holgazán que lo único que quería era llegar a su árbol
a dormir?
Se
empezaba a poner el sol y yo estaba muy enojado y cansado como para disponerme
a reunir fuerzas para el regreso. Traté, sin mucho éxito, apedrear al gato pero
en esa zona del campo curiosamente no encontré ninguna piedra.
¿Qué
parte del campo era ésta? Lo cierto es que nunca había caminado tan lejos a
causa de mi inseguridad y mi miedo al mundo.
Quise
matar a ese animal por recordarme otra vez lo mediocre e inseguro que soy, pero
no tenía manera de hacerlo. Me acerqué al árbol y comencé a trepar. Raspándome
las rodillas, gastándome mis uñas, logré llegar hasta donde estaba.. Su especie
es todo lo que yo siempre quise ser, y eso me enferma. Me acerqué a el colgándome
de la rama a la que éste estaba abrazado. Como pude, me acerqué más y cuando
por fin lo tenía a mi alcance, éste saltó precipitadamente fuera del árbol
asustándome, literalmente, hasta la muerte. Su grácil movimiento fue suficiente
para detener mi viejo y cansado corazón. Mis manos se soltaron de la rama y mi
cuerpo fue a caer en una suave cama de pasto verde y espeso que crecía debajo
del árbol.
El
crepúsculo, sí. Esta vez puedo decir con bastante seguridad que estaba
atardeciendo. Todavía viví lo suficiente para ver la silueta del gato marrón
oscuro posándose a mi lado y fijando sus grandes ojos verde aceituna sobre mí.
Así
que es cierto. Es cierto todo aquello que dicen que se ve cuando se muere.
Oscuridad, tinieblas infinitas, una luz que se va haciendo cada vez más grande
conforme te acercas... y de repente... Luna negra.
¿Qué
no esa semana acababa de ser luna llena? De ser así, ese día entonces debería
de haber sido cuarto menguante... Faltaría todavía semana y media para la luna
negra... Pero estaba muerto. El tiempo pasa diferente para vivos y muertos.
Estaba muerto, ¿cierto?
Comencé
moviendo mis dedos. Luego mis manos, y mis pies. ¡Podía sentir cada una de las
extremidades de mi cuerpo!
Me
froté los ojos... O por lo menos eso intenté pero al hacerlo, solté un
quejido... O mejor dicho, un maullido.
Bajo
la poca, si no es que nula luz que reflejaba la luna, corrí a un pequeño arroyo
que escuché cerca. Mis grandes ojos cafés no daban crédito a lo que veían. Mis
patas grises temblaban y mi cola se movía de un lado a otro con energía.
¡¿Qué
había pasado?! Regresé al árbol del que había caído. No había señal del gato.
Corrí hasta mi casa sin poder creer lo gráciles que eran cada una de mis zancadas
o la velocidad a la que iba.
Al
llegar, no encontré a nadie. Pasé al lado de la ventana y me detuve.
En
el reflejo, mi pelaje gris ceniciento se veía despeinado y descuidado, aun así
mi belleza era innegable. Mis pupilas grandes y cafés se encontraban cubiertas
por una enorme rendija negra del tamaño de una nuez. Nunca antes había visto
las pupilas de un gato tan dilatadas. Un gato. Me había convertido en un
elegante y precioso gato.
Hubiera
preferido morir. Un gato. El animal al que nunca quise acercarme para no tener
que recordar la mediocridad, la inseguridad y el miedo a enfrentarme al mundo
que siempre sentí . De repente hubo dentro de mí una vibración al principio,
luego se convirtió en una violenta sacudida que me aceleró el corazón y que me
obligó a cerrar los ojos. Cuando mi cuerpo dejó de sacudirse, abrí mis ojos y
sentí que el mundo era mío. Salí de mi casa, o lo que solía ser mi casa.
Planeaba no regresar nunca a ese refugio de mi inseguridad y de mi miedo. Me
dirigí al pueblo.
Al
entrar a la plaza, las pocas personas que aun no regresaban a sus hogares a
descansar seguían con su vida. Algunas posaban su vista sobre mí para luego
seguir su camino a casa. ¿Es que no notaban nada? ¿No podían ver que era yo, el
vendedor de flores? En otra ocasión, me habría angustiado por no poder decirle
ni una palabra a nadie, pero en ese momento lo único que quería seguir mi
camino por el pueblo. Tampoco me dio vergüenza el sentir que caminaba en medio
de la plaza sin un solo harapo o el hecho de que los gatos en los pueblos son
la presa principal de los perros. Por alguna razón, me sentía seguro. Sentía
que cualquier intento canino de atraparme sería fallido. Me sentía fuerte, rápido.
Mejor que cualquier otra especie animal. Empecé a sentir desprecio hacia los
canes, son feos, babean y tienen un aliento espantoso. Me dan asco. Alcancé a
distinguir uno a lo lejos, detrás de un viejo contenedor. Mi vista nocturna
funcionaba sorprendentemente bien. Sentí unos enormes deseos de provocar al
perro, de hacerlo venir hacia mi para luego saltar al techo y dejarlo ahí
parado, como un tonto, ladrándome sabiendo que jamás podrá llegar hasta mí. Me
erguí tanto como mi elegante cuerpo me lo permitió. Caminé orgullosamente
frente a él y le di la espalda, alejándome. El perro se acercó a mi corriendo,
ladrando y enseñando los dientes. Sí. En definitiva, los perros tienen un
aliento asqueroso. Llegué a respirar su húmedo aliento antes de saltar rápidamente
al techo de una pequeña casa. Y, sí. El perro se pasó unos veinte minutos ladrándome,
casi podía sentir su envidia.
Me
alejé elegantemente. Al poco tiempo empecé a sentir hambre, vi unos ratones
moviéndose rápidamente entre la maleza, los perseguí y, con sorprendente
facilidad, los atrapé. Me recosté junto al arroyo, donde me puse a pensar en
todo lo que había pasado. Y, aun con eso, me sentía tranquilo, sereno. No
entiendo porqué pero no sentía preocupación. Empezaba a pensar que los gatos
eran unos seres bastante superiores, son elegantes, bonitos e inteligentes.
Además tienen muchas habilidades, son astutos y fugaces. Nunca le había
encontrado tantas cualidades al animal que alguna vez tanto odié. Nunca había
sentido que podía sacarle tanto provecho a mi vida como ahora. Me quedé inmóvil,
disfrutando la nueva oportunidad que la vida me ofrecía, observando la modestia
de la luna negra, su silencioso brillo, su innegable presencia. Esa noche
descansé como nunca. A la mañana siguiente, escuché un fuerte gruñido
proveniente de mi estómago. Saqué con asombrosa agilidad un par de peces del
arroyo y los devoré. Su sabor, si bien no era exquisito, era muy bueno. Caminé
con elegancia hacia el árbol del que había caído el día anterior, trepé a la
rama más alta y me relajé. No sentía ninguna necesidad de compañía. Ni sentía
angustia por no estar en casa por si mi hija me visitaba. Realmente, no sentía
preocupación alguna. No me sentía solo. Mi única presencia me parecía
suficiente compañía. Saqué provecho de mi estado felino. Corría por los campos,
saltaba entre las flores y tomaba el sol hasta el ocaso. Visitaba el pueblo
para burlarme de los tontos perros que ahí vivían y perseguía una que otra
oveja para entretenerme. También iba al pueblo a robar algún manjar de vez en
cuando.
Mis
días transcurrían así, lentos y relajados. No sentía necesidad de conseguir o
guardar comida, ni de buscar un refugio seguro ni de compañía. Pasaron años
pero mi cuerpo no parecía haber envejecido un día desde que me caí del árbol.
Me sentía jovial y enérgico, pero la vida comenzaba a perder sentido. No había
hablado con nadie en años y, aun cuando mi necesidad de compañía era nula,
empezaba a desear toparme con algún otro gato. Sólo para comprobar si podía
comunicarme con ellos. Pero curiosamente, en todos esos años como felino, no me
había topado con ninguno. No puedo
precisar cuántos años habían pasado, perdí la cuenta al mes de mi transformación.
Todos los días se parecían bastante a los anteriores. Decidí entonces, visitar
mi antiguo hogar. No me pareció difícil recordar dónde estaba, lo difícil fue
llegar debido a que el paisaje había cambiado de manera considerable. Al llegar
a mi vieja casa, la encontré vacía. Vacía literalmente. No había un solo
mueble. A pesar de que los gatos no se caracterizan por su sentido del olfato,
mi pequeña y rosada nariz percibió el aroma de una mujer. No de cualquier
mujer... Aquel era el aroma de mi hija. Olía diferente, pero seguía teniendo su
esencia característica. Busqué sin éxito dentro de la casa algún lugar donde se
pudo haber quedado impregnado el olor de mi hija. Salí de la casa y me comencé
a olfatear. Una brisa ligera trajo hasta mi nariz la esencia que tanto buscaba.
Giré mi cabeza rápidamente y descubrí, entre el espeso pasto, un pendiente con
una pequeña joya negra. Me acerqué a el y lo olfateé. Era de mi hija. Transcurrieron
unos minutos antes de que entendiera todo. Tomé el pendiente con mi hocico y me
dirigí a zancadas a un lugar al que no había ido en muchos años. Mucho antes de
mi transformación. No había vuelto allí desde la muerte de Rulfo. Solía ir mas
seguido cuando mi hija aún vivía conmigo y era más joven. Llegó un día en que
me pidió que dejáramos de ir, que quería olvidarlo todo, que la enfermaba ir.
Dejé de llevarla, pero yo seguía visitando aquel lugar secreto. Luego mi hija
se fue y no sentí fuerzas suficientes para seguir llevando flores a la tumba
vacía de mi esposa. La abandoné.
Regresé
allí para enterrar a Rulfo, muy cerca de allí se encontraba el lugar donde él y
yo nos sentábamos a pasar el rato, a descansar, bajo el mismo árbol donde
siempre veíamos el gato marrón, casi negro observando la nada.
Pensándolo
bien, yo he hecho lo mismo los últimos años. Me he sentado en la copa del árbol
donde me transformé a hacer nada. A ver nada. Probablemente a esperar la
muerte, la cual, siendo sinceros, empezaba a creer que nunca llegaría.
Solté
el pendiente que llevaba en mi hocico y, de haberme sido posible, habría
soltado una lágrima. Me senté junto a la tumba que tenía grabada mi nombre y
una breve inscripción: “Excelente esposo y papá. Sin duda habría sido el mejor
abuelo.” Abuelo. Soy abuelo y no pude conocer a mis nietos. ¿Cuántos años habían
pasado? Quise salir de ese lugar. Olvidar el hecho de que mi hija se había
tenido que consolar frente a dos tumbas vacías.
Me
dirigí al lugar donde Rulfo y yo descansábamos, donde vi al gato por primera
vez. Pensar en ese gato marrón me exaspera. Me frustra. Por alguna razón siento
que yo podía ayudarlo, después de todo, él fue mi única compañía cuando más la
necesitaba. Cuando mi hija se había ido y Rulfo había muerto.
Si
ese gato sentía la misma agonía que siento yo ahora, el mismo aborrecimiento
hacia la vida, de verdad siento lástima por él.
Al
llegar a aquel lugar, logré divisar una silueta negra sentada, viendo la nada.
No
tuve que acercarme más para saber de quién se trataba, y no me refiero al gato.
Me refiero a lo que estaba encerrado dentro de él.
Al
acercarme más, pude ver con detenimiento el iris verde aceituna de sus ojos, la
cicatriz que le hizo Rulfo a Violeta en su mano al intentar separarlo de mí
cuando me mordió la primera vez que lo vi. Pude percibir el tenue aroma de su
piel debajo de su sucio pelo. Entonces, me di cuenta de que los gatos no viven
solos, que sin compañía lo único que pueden hacer es ver la nada; pero con
compañía, todo cambia. Salté a su lado y hundí mi cabeza en su cuello y ella en
el mío. La miré a los ojos y entendí todo. Recordé a mi hija, mi tesoro; recordé
a Rulfo, a mi pasado y mi soledad. Nada de eso importaba ya. Ellos estaban bien
y mi pasado había desaparecido. Lo único que importaba era que Violeta y yo estábamos
juntos para nunca volver a separarnos. Y allí, debajo de ese árbol, dos almas
se sentaron a ver la vida pasar.